Agujerear el cráneo: la inconcebible historia de la lobotomía

En 1949, Egas Moniz ganó el premio Nobel por inventar la lobotomía y la operación llegó a la cima de su popularidad. Pero a partir de la década de 1950, cayó rápidamente en desgracia.

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En las profundidades de los archivos de la Colección Wellcome en Londres, ese magnífico tesoro oculto de curiosidades médicas, hay una pequeña caja blanca de cartón.

En su interior, hay un par de aparatos médicos. Son sencillos. Cada uno consiste en una barra de acero de ocho centímetros de largo, con un mango de madera.

“Estas horripilantes cosas son instrumentos de lobotomía. Nada sofisticado”, explicó a la revista BBC la archivista Lesley Hall.

Sin embargo, en un periodo de nuestra historia, esas barras representaron lo más avanzado de la ciencia psiquiátrica. Eran los instrumentos quirúrgicos para la lobotomía, también conocida como leucotomía: una operación que era considerada como cura milagrosa para variedad de enfermedades mentales.

lobotomía

Por miles de años, la humanidad practicó la trepanación, un proceso que consistía en agujerear el cráneo para dejar salir a los espíritus malvados.

El objetivo de la lobotomía, empero, era distinto. El neurólogo portugués Egas Moniz creía que los pacientes con conductas obsesivas sufrían de problemas en circuitos del cerebro.

Y en el año 1935, en un hospital de Lisboa, pensó haber encontrado la solución. “Decidí cortar las fibras conectivas de las neuronas activas”, escribió en una monografía titulada Cómo llegué a hacer una leucotomía frontal.

Su técnica original fue adaptada por otros, pero la idea básica se mantuvo: los cirujanos perforaban un par de huecos en el cráneo, ya sea en un lado o en la parte superior, e introducían un instrumento afilado -un leucótomo, como el reseñado al inicio de este artículo- en el cerebro.

El cirujano luego lo movía de un lado a otro para cortar las conexiones entre los lóbulos frontales y el resto del cerebro.

Moniz reportó mejoras dramáticas en sus primeros 20 pacientes y la operación fue acogida con entusiasmo por el neurólogo estadounidense Walter Freeman, quien se convirtió en un evangelista del proceso. Fue él quien en 1936 hizo la primera lobotomía en Estados Unidos y luego la divulgó por el mundo entero.

Desde el inicio de la década del 1940, empezó a ser vista como una cura milagrosa en el Reino Unido, donde los cirujanos ejecutaron proporcionalmente más lobotomías que en Estados Unidos. Y a pesar de la oposición de algunos doctores -particularmente los psicoanalistas- se convirtió en parte integral de la psiquiatría.

La razón de su popularidad era simple: la alternativa, argumentaban, era peor.

“Cuando visitaba hospitales de salud mental… veía camisas de fuerza, celdas acolchonadas, y era patente que algunos pacientes eran -siento tener que decirlo- sujetos a violencia física”, recordó el neurocirujano retirado Jason Brice.

La oportunidad de curar a través de la lobotomía parecía preferible a una cadena perpetua en una institución.

“Esperábamos que ofreciera una salida”, continuó Brice. “Esperábamos que ayudaría”.

Miles y miles

La operación se volvió tan popular que había doctores, como el británico Sir Wylie McKissock, que llegaron a realizar miles de lobotomías.

Terry Gould, quien trabajó con McKissock como anestesista, piensa que su antiguo jefe llevó a cabo cerca de 3 mil.

“Era un proceso que tomaba cinco minutos”, y McKissock -contó Gould- se prestaba para hacerlas hasta en los fines de semana. “Iba a otros hospitales en la mañana de un sábado, hacía tres o cuatro leucotomías, y regresaba”.

Según Brice, la operación podía tener buenos resultados en algunos pacientes, pero cada vez tenía más dudas al respecto, especialmente cuando se trataba de pacientes con esquizofrenia.

El psiquiatra John Pippard dio seguimiento a varios cientos de pacientes de McKissock y encontró que alrededor de un tercio se benefició, a un tercio no le afectó y el otro tercio empeoró.

A pesar de que él mismo había autorizado lobotomías, luego se opuso a su práctica.

“No creo que ninguno de nosotros estábamos realmente cómodos poniendo una aguja en el cerebro y agitándola”, declaró.

Declive

En 1949, Egas Moniz ganó el premio Nobel por inventar la lobotomía y la operación llegó a la cima de su popularidad. Pero a partir de la década de 1950, cayó rápidamente en desgracia, en parte, porque los resultados eran pobres y por la llegada de la primera ola de medicamentos psiquiátricos efectivos.

Décadas más tarde, cuando trabajaba como enfermero psiquiátrico en una institución, el británico Henry Marsh cuidó a pacientes a los que se les hizo lobotomías. “Eran esquizofrénicos crónicos y eran a menudo los más apáticos, lentos y sin esperanza”, expresó.

Marsh, al presente un eminente neurocirujano, dice que la operación sencillamente era pésima ciencia. “Era muy mala medicina, mala ciencia, pues era claro que nunca se le hizo un seguimiento apropiado a los pacientes”.

“Si uno veía al paciente después de la operación, parecía que estaba bien: hablaba, caminaba y le decía ‘gracias’ al doctor”, observó. “El hecho de que los habían arruinado totalmente como seres humanos sociables probablemente no importaba”.

(Fuente: BBC)