Abuela cierra olimpiadas con Medalla a la Vida Fecunda

Así como todas las mujeres que dan a luz se llenan de gozo y de belleza, todas las mujeres son luz cuando recorren su camino con la belleza de su entrega.

Foto suministrada

Mientras concluían las los Juegos Olímpicos 2020 en Tokyo el pasado domingo, una abuela conquistaba en Ponce su “medalla” al llegar a la meta definitiva, con casi 105 años de edad y una vida fecunda.

Se trata de Isabel Rodríguez Rivera, nacida en Aibonito el 16 de enero de 1917, sobreviviente de la pandemia del 1918 y de la actual. Fue madre de cinco hijos, teniendo ya dos de ellos a sus 16 años de edad. Fue Directora del Registro Demográfico de Aibonito. Vivió sus últimos 28 años de vida en el Hogar Santa Marta en Ponce, donde en el silencio fue madurando, hasta partir el pasado domingo, 8 de agosto de 2021.

Como tantas mujeres puertorriqueñas, luchó por su familia y sus valores. Nos enorgullecemos al contemplar a nuestra medallista de oro, Jasmine Camacho-Quinn, hacer resonar La Borinqueña en un podio ante las cámaras, pero también nos llena de alegría el esfuerzo oculto de tantas mujeres que traen el pan y la paz a sus hogares.

No importa si la carrera es de 12 segundos o de 100 años, lo importante es recorrer el camino con entrega y alegría, sabiendo de dónde venimos y hacia donde vamos. Así como todas las mujeres que dan a luz se llenan de gozo y de belleza, todas las mujeres son luz cuando recorren su camino con la belleza de su entrega.

En la mañana del domingo, 8 de agosto, Isabel amaneció radiante. La hermana Sor Celia del Hogar Santa Marta, quien le dio el desayuno, le dijo con cariño: “hoy sí que estás guapa”. No solamente captaba como el lente de una cámara una realidad de esta anciana madura, sino que con estas palabras llenas de realismo y cariño motivaba a un ser que se encontraba en aparente soledad.

Así como nuestra medallista de oro Jasmine se apoyó en el cariño del pueblo puertorriqueño, Ia abuela Isabel se apoyó en ese pequeño piropo para recorrer sus últimos metros hasta la meta final para la cual se había bien entrenado.

Estas conquistas, ocultas o brillantes, de nuestras mujeres son un surco abierto que hace florecer nuestro terruño. Nos llenan a todos de orgullo, gratitud y esperanza.