A medio siglo de distancia: valió la pena luchar por el Coliseo

Aquel Coliseo Público de Ponce, ahora “Auditorio”, cumple este jueves, 12 de mayo, 50 años de inaugurado.

Foto archivo

“El tiempo, un niño que juega y mueve los peones”.

Heráclito

A la memoria del arquitecto Virgilio Monsanto Díaz y del publicista Jorge Luis Ruiz Rosaly.

Las luchas de pueblo en la búsqueda de un bien común frecuentemente dejan heridas emocionales difíciles de borrar.

Lo experimenté y aún lo vivo en mi condición de líder de la lucha en favor de lo que hoy día se llama el Auditorio Pachín Vicéns, que cuando lo reclamábamos a viva voz, a todo pulmón, lo llamábamos el Coliseo Público de Ponce, con la consigna de combate social: “Queremos el Coliseo Público de Ponce, ahora”.

Aquel Coliseo Público de Ponce, ahora “Auditorio”, cumple este jueves, 12 de mayo, 50 años de inaugurado.

Inicié la lucha en pos de aquel objetivo, exigiéndolo todas las tardes, en el programa radial que conduje y difundí siete días a la semana a través de WEUC-AM 1420, mediante grabaciones que me elaboraba el publicista ponceño Jorge Luis Ruiz Rosaly. La versión FM de la emisora, Radio Universidad Católica, todavía no existía.

Aquella mención diaria fue recreando la atmósfera a favor del justo reclamo que desconocía ya existía antes de llegar y que hoy sé que había amainado. No estaba en el ambiente, no se nombraba, para el año en que llegué.

El inicio formal de la campaña fue en un extendido foro público multipartidista (sin plantearlo abiertamente así, como multipartidista, pero cuidándome de que lo fuera), que convoqué desde la emisora, con el respaldo de mi buen amigo de siempre, el profesor Juan Ricart.

Desde la celebración del foro comenzó un sordo forcejeo partidista respecto a quién hizo qué, y quién no lo hizo.

Muy poco tiempo después, un representante del partido político de oposición al partido de gobierno en aquel momento me llevó un grueso catálogo encuadernado, de síntesis de leyes aprobadas durante los años anteriores y ahí me enteré, por primera vez, de la existencia de la Ley Número 56 del año 1962, que ordenaba la construcción en Ponce de una cancha bajo techo.

Al poco tiempo, comenzaron a manifestarse los celos de algunos periodistas de más edad que este servidor, quienes habían iniciado años antes unos reclamos por la prometida cancha bajo techo.

Ténganse presente que yo todavía era solo un joven de poco más de 20 años, encajonado en un hospedaje universitario, sin automóvil, y para peor, no era ponceño.

Los deportistas de dicho momento, que también eran ejecutivos del gobierno municipal, trataron de descarrilar nuestra campaña, porque pudo más su lealtad a su partido y a su gobierno que el genuino amor al deporte.

Hubo uno en particular, quien era un connotado deportista y uno de los funcionarios de más alto rango en la jerarquía administrativa del gobierno municipal, un hombre “muy vocal”, como se dice ahora, y muy ducho en las artimañas de las campañas eleccionarias.

Su condición de innegable deportista lo hacía un adversario muy eficaz, porque parecía un ataque desde adentro, aunque realmente no lo era.

Este adversario al proyecto del coliseo no decía abiertamente que se oponía a él. Lo atacaba de una manera sesgada con argumentos como los que siguen:

• Que nosotros pedíamos un coliseo con capacidad de acomodo mínima para cinco mil espectadores y eso era un reclamo anti histórico, porque en aquel momento en ningún lugar del mundo se continuaban construyendo coliseos grandes. Que la cabida o acomodo se solucionaba con los adelantos tecnológicos de la televisión.

• Que el monto del préstamo que el Gobierno Municipal tendría que tomar para la construcción provocaría inescapablemente un alza en la tasa de los tributos municipales.

• El colmo, tratándose de un ponceño: que San Juan todavía no tenía un Coliseo. Para entonces, allá también se jugaba baloncesto poniendo un tablero sobre el terreno en el que se jugaba béisbol, primero en el Parque Sixto Escobar y luego en el Hiram Bithorn, del mismo modo que se hacía en Ponce, en el Parque Paquito Montaner.

Por fortuna, mi compadre y socio profesional, el licenciado Pedro Malavet Vega, estaba impartiendo a nivel de Bachillerato un curso de contabilidad municipal. Dominaba y tenía ese conocimiento “en la punta de sus dedos”, bien clarito y bien fresco en su mente, y escribió un excelente artículo de prensa con el que destruyó el argumento falaz.

Como remache, el arquitecto que iba a realizar los planos para la construcción, Virgilio Monsanto Díaz, dijo a la prensa escrita que, si tal fuere el caso, él realizaría los planos gratuitamente. El universo conspiraba para que se hiciera el coliseo.

Desafortunadamente, ello no terminó la batalla. Deportistas de la más alta jerarquía nacional nos salieron al paso como interlocutores del gobierno de turno, con muy sutiles insinuaciones veladas, que felizmente supimos soslayar a pesar de nuestra inexperiencia.

Algunos se unían a nuestro reclamado coliseo, de manera sesgada, aunque siendo deportistas, realmente estaban defendiendo sus parcelas de poder.

Como los emisarios no funcionaron como era el deseo, el zar del deporte, Julio Enrique Monagas, una figura imponente, intimidante, entró en acción personalmente. Me citó para que fuera a su oficina, solo, un día y hora específica.

Digo el zar, porque hasta unos años antes había sido a una misma vez director de la Agencia de Parques y Recreo Público, presidente de la Federación de Atletismo, presidente del Comité Olímpico y hasta presidente de la ODECABE.

Quizás lo correcto hubiera sido no aceptar la invitación que me hizo.

Las circunstancias indicaban que ya los teníamos contra la pared. Como muchos, yo sabía que él estaba acostumbrado, como también lo estuvo siempre Germán Rieckehoff Sampayo, durante el largo periodo del “Sampallismo” (como lo bautizó el periodista deportivo Juan Cepero) a que le tuvieran miedo, y la verdad sea dicha, no quise dejar margen a que él pensara eso de mí, porque era muy contraproducente para la causa que perseguíamos.

Entonces, tomé un carro público y fui para su oficina, en el viejo edificio del telégrafo, al cruzar la avenida frente al Parque Muñoz Rivera en Puerta de Tierra. Al entrar al edificio, me sentaron en una sala de espera frente a su amplio despacho privado, cuya puerta dejaron entornada, por lo que yo podía ver la mitad de su cuerpo sentado frente a un escritorio.

Comenzó a discurrir el tiempo de mi espera, ya iba por alrededor de una hora y media, en la que no entraba ni salía nadie de su despacho íntimo, ni me invitaban a entrar, por lo que me puse de pie y me fui.

Monagas envió uno de sus empleados corriendo detrás de mí con el pedido de que regresara. Cuando me senté nuevamente, muy cerca de él, me miró muy fijamente durante un rato, a renglón seguido, cerró su puño inmenso, me rozó con él levemente la barbilla, mientras me decía: “Pichón, yo no sé cómo bregar contigo, porque tú no quieres nada”.

Fue uno de los elogios más grandes que se me ha hecho en mi vida, dadas las circunstancias, por lo que aún lo recuerdo lleno de sano orgullo.

Me permito contar esto, porque hoy día felizmente hay jóvenes que están dando batallas semejantes en favor de Ponce y quizás puedan nutrirse de estas experiencias.

Lección: el más peligr2oso adversario no siempre es el más evidente.

¡Feliz Cumpleaños, Coliseo Público de Ponce!