Tres vidas sin hogar en el casco urbano de Ponce [VIDEO]

En la foto, Jimmy Alvarado Pérez, persona sin hogar que pernocta en la Plaza Las Delicias, de Ponce. Foto: Axel Rivera

Ponce- Un policía municipal empujaba el sillón de ruedas de Jimmy Alvarado Pérez, un anciano de ojos azules y piel bronceada, por la calle Villa, frente a la Casa Alcaldía de Ponce.

A simple vista, parecería que el oficial ayudaba a su abuelo, o a un familiar que regresaba de una hospitalización y olvidaba retirar la banda de identificación en su muñeca. Sin embargo, tras conducirlo por la congestionada vía, allí al principio de la acera, lo dejó y se alejó.

Alvarado Pérez, aunque lucía muy conversador, no le reclamó nada. Hablaba para sí sobre la molestia que sentía en la pierna derecha, única que le resta, y la piquiña en sus glúteos. Y es que, por no poder levantarse del asiento de tela impermeable, que lo carga las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, dice estar repleto de úlceras “muy dolorosas”.

Él opina que no pueden considerarlo deambulante porque serlo implica “caminar, marchar, callejear, circular”, verbos que, físicamente, no puede ejecutar. No obstante, a pesar de su invalidez, lleva dos años sin techo, rondando el casco urbano de Ponce, con la añoranza de ser acogido en una égida.

Foto: Axel Rivera

Foto: Axel Rivera

“Yo no vuelvo a un hogar”, dice con angustia, “ya yo fui y estuve y lo que yo vi allí no me gustó. Yo llevaba un dinero y me lo quitaron los empleados. Me quitaron los documentos. Me dieron una paliza y me dejaron en el patio. Yo, a gritos, me tuve que escapar. No soportaba el abuso que tenían conmigo”.

Continúa: “Yo tenía un carro eléctrico y me llevaron el carro eléctrico; me llevaron la nevera; me llevaron el televisor; la cama; se llevaron todo lo que yo tenía. Llenaron el apartamento de basura porque parece que a alguien allí le interesaba mi apartamento y lo llenó de evidencia falsa”.

Hablaba sobre sus días residiendo en un apartamento de primer nivel, en el residencial Doctor Manuel de la Pila Iglesias, que le hicieron prometerse que no volvería a un espacio similar de vivienda pública porque precisa sentirse seguro y “salir afuera, no estar encerrado”.

Para concretar este anhelo, alega, no ha recibido ayuda del Gobierno municipal, que, según él, tampoco le ha permitido recuperar la Tarjeta de la Familia y la Tarjeta Única. Alvarado Pérez acusa con firmeza a los trabajadores sociales y plantea que estos provocaron que lo expulsaran de un apartamento por Sección 8, donde “vivía de lo más bien”, aunque era un tercer nivel.

“Allí nadie me ayuda para nada. Me dijeron que si quería un carro eléctrico tenía que pagar 500 dólares. Les pregunto por la guagua con rampa y me dicen que está dañada”, explica exaltado.

Fue en el derrumbe de Mameyes, en 1985, cuando perdió a la única hermana que considera podría estarlo ayudando en estos momentos. Pero no fue así, y, al presente, solo tiene primos y sobrinos con los que no comparte.

No tiene prole. Nunca contrajo matrimonio porque su madre perdió la cordura tras la tragedia ponceña y tuvo que dedicarse a plenitud a cuidarla. Es por ello que renunció a su trabajo de mantenimiento en el Ejército de los Estados Unidos y se trasladó a Puerto Rico.

Con su grado de escolaridad -cuarto año-, el hombre de 68 años pudo ser autosuficiente durante la adultez, pero ya no lo es.

¿Tienes ahorros? – le inquirió La Perla del Sur.

“Solo tenía unas monedas para comer”, responde y se toca los bolsillos con nerviosismo, con temor de que alguien esté mirando esos centavos que usa para alimentarse o para pagar transportación. No deja de lamentar su actual situación pues, afirma, no es alcohólico, ni adicto, ni fuma, ni bebe.

Un veterano sin hogar

Cualquier día de la semana, sentado y cómodo, en un banquillo de la calle Atocha o en la Plaza Las Delicias, de Ponce, se puede observar a Celestino Mercado Rodríguez, de 80 años, quien mira con suspicacia a todo el que pasa. “Me roban, me roban, hay que estar atento”, repite. Se para y se cuadra. Luego, vuelve a bajar la guardia.

Foto: Axel Rivera

Foto: Axel Rivera

Su barba gris y encaracolada casi le cubre el rostro, mas no oculta su sonrisa pícara y actitud vivaracha. A pesar de que lleva “cinco o seis meses” deambulando, asegura, siente alivio porque tiene a su haber una cuenta bancaria de ahorros donde recibe pensión de veterano. Mas “los bancos, esos pillos”, no lo dejan acceder a la misma.

Perder sus identificaciones, contó, fue lo que lo llevó a terminar así.

Su repudio hacia las instituciones financieras es aparente, al igual que hacia la Oficina del Procurador de las Personas de Edad Avanzada. Argumenta que ellos no saben que el presidente de la nación estadounidense, Barack Obama, exigió hogar para todos los veteranos. Sin embargo, cuando se cambia el tema, vuelve a reír.

“Con esta condena que yo vivo, bebo ron todos los días”, asegura entre histrionismo y risas.

Narra que llegó a Puerto Rico de Nueva York tras enterarse del fenecimiento de una de sus exesposas, sin embargo, que no pudo volver porque perdió sus documentos. Sus siete hijos, alega, también realizaron ese viaje, pero retornaron previo a él.

A su entender, no es su deber perturbar la vida de su descendencia, sino que el Gobierno debe responsabilizarse de un anciano que le sirvió al Estado toda su vida.

“Ahora duermo con los perros y los gatos en la calle, que son más buenos que la gente. Es una delicia dormir al lado de un perro con pulgas”, suelta entre carcajadas. Incrédulo.

Se esfumó la lotería

Por el Parque Urbano Dora Colón Clavell transitaba Ramón Martínez Ventura, de 48 años, empujando un carro de compra que describe como su santuario.

Allí, en la parte inferior, cargaba un colchón, tamaño cuna de infante, donde reposa el cuerpo al final de cada día. También lleva artículos de primera necesidad que le entregan, o que halla en la calle u otros que le sirven para defenderse.

Foto: Axel Rivera

Foto: Axel Rivera

Tras veintiséis años en prisión pensó que la libertad representaría una avalancha de oportunidades, pero no fue así. Una ruptura sentimental, tras haberse ganado $5,000 en una lotería, lo devolvió a la calle y al vicio, mundo al que ha estado expuesto desde los catorce años.

Su abuela, quien falleció hace siete meses, le abrió las puertas de la casa. Mas al ella irse, su familia “cortó el agua y la luz y le puso candado a la propiedad”.

Como resultado, Martínez Ventura recorre el casco urbano de la ciudad a diario. No quiere saber del Gobierno, y no cree en sus ayudas. “Uno va a estos sitios y lo tratan como m…..”, indica, aunque mantiene la fe de que este proceso pasará y podrá formar un hogar estable con el hijo que no ve hace más de un año.

El hombre completó ocho meses de bachillerato en química ambiental en la Universidad Interamericana de Puerto Rico, Recinto de San Germán.

 

 

Esta es la primera parte de una serie de artículos sobre personas sin hogar en el casco urbano de Ponce.