Sara ya no deambula pero ansía conocer su sangre

La Oficina de Servicios al Ciudadano del Municipio de Ponce contribuyó con que Sara obtuviese un hogar

Sara Hernández pasa su días en el Centro de Usos Múltiples Cruz Espada, donde recibe sus alimentos y comparte con otros adultos. (Foto Daileen Rodríguez)
Sara Hernández pasa su días en el Centro de Usos Múltiples Cruz Espada, donde recibe sus alimentos y comparte con otros adultos. (Foto Daileen Rodríguez)

Al ver el alba y escuchar la risotada de niños camino a la escuela, Sara Hernández Rodríguez se imaginaba entre ellos, por las grisáceas estradas de Manhattan, sujetando la mano de su madre de crianza, con una colorida lonchera y una mochila sobre ruedas.

Cada mañana, desde que tenía doce años, la pasó así: mirando por la ventana a quienes pudieron haber sido sus compañeros de clase si “la señora” que la “cuidaba” le hubiese permitido asistir a clases. Sin embargo, nunca aconteció.

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“Escóndete, que allí viene la Policía”, le decía su custodia, y la entonces niña, que no volvió a pisar una institución educativa desde sexto grado, obedecía.

Sara, que ahora tiene 65 años, cuenta que jugando en el edificio en que residía se cayó por unas escaleras, se rompió el brazo, y no volvió a pisar más un colegio.

“Ella me sacó”, desclava con la mirada perdida y convirtiendo en puños, paulatinamente, las manos que, desde el inicio de esta entrevista, tenía sobre las rodillas. Luego relaja las articulaciones y aclara que no se quedó sin hacer nada, que lavaba el piso y fregaba, que acompañaba a la mujer a citas médicas, que mantuvo esa rutina durante treinta tantos años hasta que la “señora” falleció.

Tras el suceso, comparte Sara, quedó desprovista de hogar y se trasladó a Puerto Rico como deambulante. En poco tiempo, una hermana de crianza le brindó aposento, en la urbanización Jardines del Caribe, no obstante, narra Sara, que al conocer de su condición económica la “botó de la casa”.

Desde pastores de la Iglesia hasta ciudadanos comunes intentaron ayudarla, pero su interés era sentirse libre, sin ataduras, sin deberle nada a nadie.

En el 2007, se fugó de Hogar Crea y convirtió la Plaza de las Delicias y el Parque Urbano Dora Colón Clavell en su morada nocturna. Cuatro años después regresó con su “novio” a Nueva York, a casa de otra pariente, mas ,nuevamente, terminó viviendo en la calle a “una temperatura de diez grados -Fahrenheit- bajo cero”.

Meses después de vagar por la Ciudad de los Rascacielos, rememora Sara, otro eclesiástico se le acercó para sacarla de las calles. Expresa que este la asistió y le regaló un boleto de regreso a Puerto Rico con la condición de que se superara y transformara sus circunstancias.

En ese vuelo de regreso, la mujer que de joven soñaba con ser azafata y tener un trabajo estable, visualizó que había logrado esa meta y pisó tierra con otra mentalidad. “Decidí dejarme ayudar”, indica y relata cómo Omayra Colón Pérez, directora de la oficina municipal de Servicios al Ciudadano, la halló sentada en la Fuente de los Leones, de la Plaza Pública, lista para empezar de cero.

Al conocer las vivencias de Sara, Colón Pérez se movilizó y en unas semanas gestionó que recobrara documentos esenciales para hacerse de un techo. Con su ayuda, Sara pudo obtener el certificado de antecedentes penales, la Certificación del Seguro Social, la Reforma de Salud, los beneficios del Programa de Asistencia Nutricional (PAN), y su anhelo, un apartamento propio en el residencial público Dr. Pila, en Ponce.

¿Si pudieras describir este transcurso que has vivido con una palabra, cuál sería?”, le inquiere La Perla del Sur.

“No tengo palabras porque me han pasado tantas cosas”, repasa y guarda silencio hasta que observa a Colón Pérez y sonríe. “Me siento bien aquí”, afirma, mientras se acomoda la vistosa bandana en su cabeza, en el Centro de Usos Múltiples Cruz Espada, donde, al presente recibe sus alimentos y comparte con otros adultos.

Y es que, por escasez de recursos, Sara aún no es posee enseres eléctricos, entre otros utensilios del hogar. Sin embargo, insiste, en que estos no hacen falta.

“Estoy plena”, puntualiza, aunque tiene un asunto pendiente que espera poder resolver este nuevo año.

“Quiero conocer a mis dos hermanos de sangre, quiero saber quién era mi madre”, revela y sujeta con fuerza su pequeño bolso.

Tal parece que ese afán por el calor de la familia no la suelta ni en sus más de seis décadas de vida. Sara continúa viviendo a la espera, como cuando era una niña deseosa por retornar a la escuela.