San Felipe vs. María: Latentes dos elocuentes lecciones del abuelo Práxedes Gerena

María no será el último huracán de gran categoría que habrá de impactar nuestra isla, por lo que hay prácticas que como pueblo y habitantes del trópico debemos enmendar.

Foto archivo

Luego de haber sido “derribados” (aunque no aniquilados) tras el paso del huracán María, algunos han comenzado a compararlo con San Felipe, el huracán Categoría 5 que nos azotó la mañana del 13 de septiembre del 1928.

Aún y cuando todos hemos sufrido la terrible devastación provocada por María, San Felipe continúa siendo el evento atmosférico más dañino de nuestra historia y uno de los peores en nuestra región Caribeña.

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Antes de alcanzarnos, San Felipe ya había dispuesto de la isla de Guadalupe y luego de arrasar Puerto Rico como Categoría 5, continuó como Categoría 4 hasta la Florida, donde se le recuerda como “The Great Okeechobee.”

El ojo de San Felipe entró cerca de Guayama y salió próximo a Aguadilla, ruta parecida a la de María. San Felipe estuvo sobre nosotros por ocho horas, dando oportunidad a inimaginables daños.

Sus vientos sostenidos alcanzaron las 200 millas por hora con ráfagas muy superiores, llegando a arrancar la corteza en los troncos de los árboles y provocando inmensas marejadas en nuestras costas.

Mil fueron los muertos en nuestra isla y cerca de 3,500 en la región. Luego de dos días de torrenciales lluvias, estableció un “récord” de precipitación, con casi 40 pulgadas de agua. Muy pocas edificaciones resistieron su paso, arrasando pueblos y ciudades y dejando una isla pobre, en total estado de indefensión.

La naturaleza siempre será capaz de superar nuestra fragilidad mortal, así como la relativa fragilidad de nuestras edificaciones, lo que no justifica que, en anticipación a un próximo evento, no podamos protegernos mejor y aspirar a un mejor desempeño.

María no será el último huracán de gran categoría que habrá de impactar nuestra isla, por lo que hay prácticas que como pueblo y habitantes del trópico debemos enmendar.

Mucho y muy correctamente se ha dicho acerca de que este huracán puso al descubierto la gran cantidad de edificaciones informales, construidas sin los apoyos, ni los anclajes, ni los detalles correctos, construcciones sin verificación profesional alguna.

Casi 100 mil de las residencias severamente afectadas, no contaban con permisos y estaban ubicadas en zonas inundables y/o sobre terrenos inestables. Además, toda aquella edificación frágil, que gracias a alguna providencia no fue impactada en esta ocasión, debe ser sujeta a un esfuerzo de mitigación y/o de relocalización de sus habitantes a lugares confiables.

Estos “monstruosos” fenómenos de la naturaleza son de comportamiento caprichoso, impactando algunas zonas y “perdonando” otras. Pensar que “si resistió a María, resistirá el próximo huracán” es una conclusión temeraria y que podría acarrear grandes peligros.

Dicho lo anterior y reconociendo que quizás algunos de ustedes no cuentan con los recursos para contratar profesionales que diseñen adecuadamente sus lugares de residencia, permítanme compartirles dos lecciones aprendidas de mi bisabuelo, las cuales serán útiles al momento de resistir y sobrevivir un evento atmosférico de gran magnitud. La primera:

Mientras menos dependes, menos sufres

En el 1928, al paso del huracán San Felipe, mi bisabuelo Práxedes Gerena, comerciante de Aguadilla, residía en el pueblo, muy cerca al mar. Para aquel entonces, poseía también una finca ubicada en unos montes próximos.

Al conocer de la inminencia del huracán, Práxedes y familia abandonaron la casona del pueblo y se movieron hasta la finca. Durante el azote de San Felipe todos se refugiaron apretadamente en una “tormentera”, una pequeña construcción parcialmente bajo tierra con la capacidad de resistir vientos huracanados.

Pasado el huracán, salieron de su refugio con la feliz sorpresa de que la casa de la finca había sobrevivido aquella inmensa devastación. De inmediato se abastecieron de agua en el mismo pozo de siempre, cocinaron en el mismo fogón de leña y en la noche se alumbraron con los mismos quinqués con los que se habían alumbrado la noche anterior.

El “quiebre a su cotidianidad” fue mucho menor del que experimentamos nosotros tras el paso de María. Ellos pudieron retornar a su rutina con relativa rapidez, gracias a que no dependían de instrumentalidades públicas para suplir sus necesidades básicas.

Por difícil que resulte aceptarlo, como consecuencia de este catastrófico huracán, existen lugares en Puerto Rico donde algunas de las utilidades básicas no habrán de regresar, no en meses, no en un año, más bien nunca.

Quien escoja un lugar remoto para residir, deberá asumir la responsabilidad de ser autónomo, evitando en lo posible la dependencia del Estado.

En ubicaciones de difícil acceso, deberíamos aspirar a ser compactos, ser autosuficientes y vivir sencillo. Estos atributos nos ayudarán a resistir mejor el impacto, sobrevivir mejor la escasez luego del impacto y retornar con mayor agilidad a una normalidad menos exigente.

Aprende de la naturaleza, anticipa y diseña tu pérdida

Con el pasar de los días, mi bisabuelo Práxedes regresó a su casa del pueblo, la cual encontró casi totalmente destruida, salvo aquellas áreas más fuertes que él había construido en anticipación a un devastador evento como lo fue San Felipe.

La cocina, el baño y un pequeño dormitorio eran en concreto, aún cuando el resto de la residencia era madera. Práxedes pudo, poco a poco, reconstruir el resto de la casa, acomodándose temporeramente en esos cuartos, los cuales resistieron la devastación del huracán.

Así como los árboles dejan ir ramas y follaje con tal de sobrevivir, nosotros también podríamos aceptar que algo vamos a perder, por lo que podemos anticipar y diseñar nuestra pérdida.

Si no es factible construir la totalidad de la casa con la capacidad de resistir un embate de alta intensidad, cuando menos construyamos algunos cuartos esenciales resistentes. Estos servirán de refugio temporero durante la reconstrucción.

Tanto San Felipe como María, impactaron la totalidad de nuestro territorio, dejando ningún lugar desde donde poder articular una repuesta efectiva y coherente. Nos corresponde hoy, como nos correspondió entonces, demostrar fe, entereza de carácter y sabiduría.

(El autor es arquitecto, decano de la Escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico y socio de la Firma Méndez, Brunner, Badillo y Asociados)

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