Reviven la era olvidada de Hacienda La Mocha

Tras siete años de romance e incesante rehabilitación, Magda y Rigoberto están a punto de reposicionar la hacienda como destino turístico sin igual.

Foto: Axel Rivera

A los ojos del visitante habitual, pasa desapercibida.

De hecho, se necesita mucho más que un mapa y los cinco sentidos para entre el denso verde de la cordillera toparse con alguno de sus venerables muros de roca o pilares erguidos hace más de un siglo con vigas de maderas nobles.

- Publicidad -

Pero allí está, esperando a ser redescubierta.

Y una vez en su interior, el dilema es cómo abandonarla.

Así fue el encuentro con la Hacienda La Mocha, una joya del pasado ponceño que tras siete años de romance e incesante rehabilitación, ha vuelto a cobrar vida para posicionarse como destino turístico sin igual en el país.

Sus primeros latidos comenzaron a sonar entre finales del siglo XIX e inicio del siglo XX, cuando el enclave de 1,500 cuerdas de terreno en el barrio La Mocha de Ponce se transformó en sede de una próspera hacienda cafetalera.

Su pujanza provocó que en su entorno se establecieran desde numerosas familias hasta un aula escolar y un dispensario médico. Pero con el paso del tiempo, el hechizo colectivo por la industrialización y el abandono en masa de la montaña, sus tierras agrícolas y riqueza natural casi cayeron en el olvido.

No fue hasta el año 2010 que por una “causalidad del destino” los esposos Rigoberto Ramos González y Magda Nieves Rivera decidieron acercarse a los 12 hermanos de la Sucesión Marietti para adquirir las 45 cuerdas de suelo que le quedaban a esta comarca e intervenir en su destino.

En principio, admiten, buscaban un remanso para el recreo familiar, un espacio para distanciarse del ruido citadino.

Sin embargo, sobre la marcha descubrieron que entre las ruinas de la otrora Casa Grande y aquel bosque a 2,200 pies de altura sobre el Mar Caribe se escondía un proyecto que merecía una segunda oportunidad. Una que combinara el pasado cafetalero de la propiedad con los numerosos atributos ecoturísticos de la zona.

Y lo lograron.

Con la estratégica colaboración de estudiantes y profesores de la Escuela de Arquitectura de Ponce, Magda y Rigoberto trazaron un plan para rescatar las antiguas veredas de la finca, crearon rutas para el avistamiento de aves y practicar el ciclomontañismo, y salvaron del desastre a la Casa Grande: una pieza que no ha podidio quedar mejor.

Remanso en el campo

Ahora convertida en Casa de Huéspedes, la segunda planta de la Hacienda ofrece nueve habitaciones con balcones privados y una atmósfera que evoca a la era gloriosa del Puerto Rico de antaño.

Transitar entre ellas, el salón comedor o las dos terrazas con vista panorámica al monte y la bahía de Ponce, empero, no es una experiencia fría ni intimidante. Todo lo contrario.

Aunque el mobiliario parece extraído de una película de época, en su mayoría son piezas rescatadas por Magda y magistralmente ubicadas por ella, hasta crear el ambiente que invita a caminar descalzo, platicar cómodamente en cualquiera de las salas y tomar café frente a un ventanal a dos aguas.

Llevar la otrora casona a ese estado no ha sido tarea sencilla, pero por ser una encomienda familiar no han faltado las ideas ni colaboración de Fabiola, Fabiana, Rigoberto Alejandro y Estefanía, los hijos de este núcleo. Tampoco de Kedie Torres Soto, el incondicional aliado que hasta se certificó como catador de café para cuajar las próximas metas de los Ramos-Nieves.

Entre ellas, devolver a la hacienda su beneficiado de café y exponer a los huéspedes a experiencias de inmersión en agroturismo.

Dínamo en la montaña

“A partir de los efectos del huracán María, cogimos nuevo impulso y comenzamos a ver las posibilidades de que esto pueda ser algo para ayudar a levantar la economía de la comunidad y la zona, para contribuir con la parte que nos corresponde”, confesó Magda, quien en el pasado se desempeñó como enfermera anestesista.

“Por eso, ya decidimos dar el próximo paso”, continuó Rigoberto, un experimentado cardiólogo del sur. “Ahora nos encaminamos a crear un beneficiado propio para, no solo extraer un café de primera de las diez cuerdas que ya dedicamos a esa siembra, sino para apoyar a los caficultores de la zona y garantizar a todos un producto final, de calidad superior”.

La suma de tantos atractivos en un mismo lugar, agregó Rigoberto, propiciará que quienes visiten la hacienda en el futuro cercano se lleven mucho más que el recuerdo de una estadía o ese descanso tan añorado.

La meta, puntualizó, es que ganen una experiencia irrepetible e imborrable.

“Uno de mis sueños es que para la época de la cosecha llegue un huésped de la ciudad un viernes aquí, se levante el sábado y huela el pan horneado aquí, para luego ir a recoger el café maduro y participar de todo el proceso del beneficiado, en la noche disfrutar al aire libre de un espectáculo de estrellas y el domingo tostar y empacar el café que recogió”.

“Todo eso”, continuó, “para que el lunes, cuando esté en su oficina, donde quiera que sea, diga que ‘ese café 100 por ciento puertorriqueño lo cogí yo y lo tosté ayer’. La idea es que esa persona quede educada de por vida y valore cuánto trabajo hay detrás de cada taza de café”.

“Al final”, agregó Magda, “es a eso lo que aspiramos. Que cada uno viva y se lleve una experiencia”.

No obstante, en el fondo Magda y Rigoberto fraguan mucho más. En cada gesto, palabra y acción demuestran un irrefrenable interés por que cada persona que llegue a la hacienda recapture su espíritu y que, al igual que la casona y todo lo que habita en su interior, disfrute una segunda oportunidad. Para vivir y radiar.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.