Lidia Aravena: de espectadora a alquimista del Museo de Arte de Ponce

Desde que arribó como estudiante curiosa al Centro de Conservación, se apasionó por el meticuloso trabajo de restaurar obras artísticas. A partir de entonces, no hubo retroceso.

Para Lidia Aravena Carrillo, conservadora jefe del Museo de Arte de Ponce, los reconocimientos vienen en distintas formas y tamaños. También pueden tener siglos de existencia, variedad de colores, técnicas e intención.

Los trofeos y distinciones a los que hace referencia, sin embargo, no son los convencionales. En realidad, se refiere a las obras de arte que pasan por el Centro de Conservación Anton J. Konrad: piezas únicas e irrepetibles que Lidia ha adoptado temporeramente para restaurarlas y devolverles su brío, sin aniquilar los designios del autor original.

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“Mi mayor reconocimiento es develar una obra nuevamente”, confesó a La Perla del Sur, mientras mostraba el espacio de 3,240 pies cuadrados que al presente dirige junto a su valioso equipo de trabajo.

En cada paso que daba por el área dividida en los departamentos de pintura, extracción y preservación de obras sobre papel, Lidia se mantenía erguida.

Vestía blusa y pantalón negro, mas era la larga bata blanca lo que acentuaba su apariencia científica. Los grandes anteojos no le faltaron, pero tras ellos resaltaban sus ojos grandes y oscuros, receptivos a cada emoción.

Como relató, desde que arribó como estudiante curiosa y admiradora del arte al Centro de Conservación, se apasionó por el trabajo meticuloso de conservar y restaurar creaciones artísticas.

Su profesión la describe como “una artista-científica”, y no niega que en algún momento de su vida quiso estudiar Medicina. Sin embargo, una vez entró al programa de Maestría en Conservación, que en aquel entonces ofrecía el Museo de Arte de Ponce, no hubo retroceso.

Lidia formó parte del primer selecto grupo de estudiantes que, a principios de los años 80 y gracias a una propuesta de la agencia federal National Endowment for the Arts, aprendió de expertos conservadores como Emil Schnorr y Edeltraud Bronold, quienes colaboraban con la institución museística.

Además, ganó experiencia en el Rocky Mountain Regional Conservation Center, de la Universidad de Denver, en el estado de Colorado.

Gracias a estas vivencias, desde el año 1982 han pasado por las manos de esta chilena asentada en Puerto Rico 33 óleos del artista puertorriqueño José Campeche Jordán; 2,067 obras del pintor Julio Rosado del Valle; un autoretrato de Luis Paret y Alcázar; el dulce retrato de la reina Isabel II, de Federico de Madrazo; y la majestuosa pieza “Tradiciones Ponceñas” (1954) de Rafael Ríos Rey.

Esta última le fue encomendada por Rosario Ferré, quien se percató de que la pieza se estaba destruyendo a causa de filtraciones en la empresa Puerto Rico Iron Works, donde el mural se exhibía.

La conservadora contó que fue con la ayuda de un grupo de alumnos voluntarios que salvaron la obra que hasta había sido cortada para hacer espacio a tomas de corriente.

“Cuando fuimos a buscar la obra, nosotros pensamos que solo teníamos que enrollarla con extremo cuidado y traerla, pero fue un esfuerzo mayor, ya que la misma estaba pegada a la pared y solo las áreas húmedas se habían desprendido”, rememoró.

“Al obtenerla se removió todo el adhesivo que quedó atrás y se enteló en tela de lino”, narró además quien considera el trabajo en equipo como la “solidez” del centro.

De hecho, es por este anhelo de mejorar integrando nuevos y diversos talentos que, a inicios del año 1992, formó parte de un estudio que se realizó para conocer la condición individual de cada pieza existente en el museo.

El mismo permitió que se efectuaran los ajustes precisos para que el entorno favoreciera las obras. De este modo, “se pudo entender el descontrol climático que había en el museo”, reveló la entrevistada.

Cabe recalcar, remachó Lidia, que la conservación de las obras tiene que ver con el control del medio ambiente donde se exhibe esa pieza, es decir, “que tenga niveles de humedad, temperatura e iluminación idóneos durante el día y la noche”.

Por otra parte, la restauración admite un grado de intervención para que la mirada del espectador se concentre en la obra, “pero en todo momento hay que respetar la intención del artista”, agregó.

Al momento de explicar cómo el centro ha evolucionado, la conservadora jefe egresada de la Universidad Autónoma de Chile indicó que “tanto el esfuerzo como las estrategias” han rendido buenos frutos.

Una de las prácticas recurrentes en los periodos de expansión del museo fue prestar las obras europeas a prestigiosas instituciones de Estados Unidos y México. Y, gracias a ese visionario intercambio de colecciones, la muestra actual continúa enriqueciéndose con gran cantidad de obras donadas y prestadas.

Incluso, en marzo del próximo año, exhibirán 15 obras de la Escuela Mexicana sobre las castas en la época colonial. Estas fueron pintadas en planchas de cobre, que según dijo Lidia citando al curador de la institución, Pablo Perez d’Ors, “se preparaban en el siglo XVII para hacer grabados, mas los pintores las usaban porque duraban muchísimo”.

Un ejemplo de ello pudo ser observado por este Semanario que sorprendió a la asistente en conservación de pinturas, Gloria J. Irizarry, restaurando una las obras a exhibirse.

La técnica que esta realiza, explicó Lidia, consiste en remover el barniz viejo y los repintes donde previamente no había color. Luego, se le coloca un color base y se miden las cantidades de pigmento, entre otros componentes, que logren reponer la creación original honrando el código de ética del American Institute of Conservation.

“Cuando se trata de     reintegrar usamos el mínimo material posible para compensar el área de pérdida”, agregó Lidia.

Asimismo, contó que para descubrir cuánto se ha tergiversado una obra utilizan luz ultravioleta, lo que les permite identificar qué partes no tienen la misma edad, ya que mientras más se diferencian, menos pertenece a la creación original.

Consecutivamente, mientras Lidia abundaba en la concentración que requiere la labor, tanto la conservadora de obras de papel, Viviana Vlan Vliet, como el conservador de estructuras y objetos tridimensionales, especializado en maderas puertorriqueñas, Ángel D. Santiago Torres, y su técnico, John Vargas Cuevas, escuchaban atentos.

“Aquí todos somos importantes. Los tres departamentos lo son”, acentuó Lidia al verlos.

Todos coincidieron en que cuando reciben las obras, tienen una idea “más o menos” de cómo va a quedar, pero la imagen mental, aseguraron, no le hace justicia al producto final.

Es por esa “maravilla de caminar con una obra en todos los procesos” que Lidia no se ha podido desprender ni del museo ni de la isla.

Aún recuerda esa llamada ofreciéndole un trabajo a su esposo en la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico, mientras ambos caminaban con nieve hasta las rodillas y el viento helado les cortaba la cara en el estado de Illinois.

En ese entonces, venir al trópico les pareció “excelente”, pero el deseo de quedarse vino después; después de lograr presentar nuevamente a un artista, después de descubrir una obra sepultada bajo capas de pintura, después de transmitir sus conocimientos a nuevas generaciones.

“Este trabajo me satisface de una forma que no puedo definir. Creo que todos los que estamos aquí sentimos una gran satisfacción cada vez que terminamos una obra”, concluyó la “alquimista”.

 

  • oscar fernando zuñiga carrillo

    me alegra que una chilena este en el estranjero asiendo tan hermosos trabajos