Entre la escasez y el hambre: el crónico dilema de Jesús y Gladys

Por años, Jesús y su pareja han sobrevivido con $274 mensuales del Programa de Asistencia Nutricional (PAN). De ese monto destinan $52 de la porción en efectivo para pagar las facturas de agua y electricidad. “Con lo que queda (siete dólares al día), pues, hacemos milagros”, explicó.

Foto: Axel Rivera

Sobre el mostrador de la cocina quedaba una lata de habichuelas sin abrir y en la nevera una botella con agua, además de un frasco con pique.

En el resto de los gabinetes, vacíos y abatidos por el comején, un envase medio lleno de sal y otro de adobo parecían esperar por nuevas provisiones para cumplir su rol.

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“¿Desde cuándo no comen?”, preguntó La Perla del Sur a Jesús Vargas Ramírez, un residente de Ponce que recientemente llamó a la Redacción con un pedido inusual.

“Desde hace dos días”, respondió cabizbajo.

A pasos de él observaba su pareja Gladys Ortiz González, en silencio, con mirada insegura y las manos unidas sobre el pecho.

Entretanto, frente a la vivienda -la número 5 en la calle Lloréns Torres del barrio Coto Laurel- un trío de jóvenes estudiantes reía cándidamente mientras caminaba con refrescos en mano, al tiempo que un vecino los observaba desde el sillón de su balcón.

Para ellos, así como el resto de la comunidad, la precariedad de Jesús y Gladys era imperceptible. No era de extrañar. De todas las caras de la pobreza, la del hambre es la menos visible.

Trasfondo

Jesús decidió llamar al semanario para confesar su situación y pedir auxilio tras batallar durante días con su conciencia. Como narró en entrevista, para una persona de 51 años de edad que ha ejercido diversos oficios y ha quedado desempleado, no es fácil admitir semejante necesidad.

Según relató, su último trabajo fue como empleado de la Oficina de Ornato del Municipio de Ponce, entidad que lo reclutó de forma transitoria antes de las elecciones del 2012.

A los tres meses fue cesanteado y desde entonces él y su pareja han sobrevivido con $274 mensuales del Programa de Asistencia Nutricional (PAN). De ese monto, evidenció, destinan $52 de la porción en efectivo para pagar las facturas de agua y electricidad.

“Con lo que queda (siete dólares al día), pues, hacemos milagros”, continuó.

Del limitado presupuesto, además, separan una partida para alimentar a una decena de cachorros que, insisten, no han querido abandonar en la calle. “Ellos son mi terapia”, recalcó Gladys.

Por fortuna, la estructura de cemento que ambos habitan es la misma que los padres de Jesús adquirieron cinco décadas atrás y que al morir dejaron en herencia a su único hijo.

La vivienda, sin embargo, no refleja una realidad distinta a la fragilidad económica que asedia a la pareja. Debido a filtraciones, la red eléctrica ha dejado de funcionar en casi todo el hogar, por lo que de noche solo el espacio del comedor no está a oscuras.

Esa misma pobreza, además, los ha dirigido a otras trampas. Por falta de dinero para adquirir un marbete, el auto de ambos lleva meses detenido en la marquesina y en junio Jesús se quedará sin licencia de conducir, de no reunir los $85 necesarios para su renovación.

El problema de movilidad, reconoció, ha convertido en muralla cualquier esfuerzo para la búsqueda o mantenimiento de un empleo, pero sobre todo, para seguir recibiendo los servicios de la clínica de salud mental de la Escuela de Medicina de Ponce, donde la pareja es tratada por depresión y ataques de pánico.

Para llegar a sus citas, han recurrido a la red de transporte público SITRAS, la que poco después de las 6:00 de la mañana recoge a pasajeros a medio kilómetro de su hogar. El sistema también los lleva hasta una parada en la Avenida Fagot, desde donde caminan ida y vuelta cuatro kilómetros para asistir a las citas compulsorias del PAN.

“El problema es que a veces no podemos llegar, porque no tenemos fuerzas o los medicamentos que tomamos por nuestras condiciones nos tumban en la cama”, agregó.

Por ello, precisamente, en más de una ocasión no han podido renovar a tiempo las ayudas del programa de alimentos. Es, entonces, cuando el círculo vicioso de la escasez los ahorca.

“Si no es fácil salir a pedir ayuda, imagina lo que es pedir comida”, puntualizó Jesús, quien completó estudios de escuela superior y un año de electrónica digital. Por fortuna, pequeños comerciantes del área donde reside han salido a ayudarlos en más de una ocasión, “pero ya no tengo cara para ocuparlos más”, continuó.

Más de lo sospechado

“Esto pasa mucho más a menudo de lo que la gente puede imaginar”, destacó por su parte el administrador y cofundador del Albergue para Deambulantes Cristo Pobre en Ponce.

“Entre una y dos veces al mes recibimos peticiones de ayuda para el donativo de alimentos, pero no para personas sin hogar, sino para casos como ese, de familias con techo que no tiene qué comer”, aseguró.

“Entonces, de lo poquito que tenemos, tratamos de resolver con una compra que les permita paliar su situación en lo que reciben otras ayudas, pero esto cada vez lo vemos más, ya sea porque (las familias) no planifican ante una situación económica o porque el poco dinero que reciben ya no les da para vivir”, expresó.

Al inicio del presente año fiscal, alrededor de 1.3 millones de personas figuraban como participantes del PAN, según estadísticas del Departamento de la Familia. Sin embargo, en Puerto Rico no existen datos oficiales sobre el número de habitantes que experimenta insuficiencia alimentaria.

El indicador más vinculado plantea que en la isla cerca de la mitad de la población vive bajo el nivel de pobreza y que en la población infantil la misma cifra alcanza el 58 por ciento.

En los Estados Unidos, 44 millones de personas enfrentaban problemas de inseguridad alimentaria al cierre del año 2014, suma que equivale al 14 por ciento de la población, concluyó un estudio del Departamento de Agricultura federal.

(Jesús y Gladys sufren otras carencias, como artículos para el cuidado personal y el hogar. Incluso, duermen sobre las ruinas de una cama. Para ofrecerles ayuda puede llamar o escribirles texto al 939-400-6808. Un centro de acopio de alimentos no perecederos también ha sido habilitado en la recepción de La Perla del Sur, ubicada en el Parque Industrial Sabanetas de Ponce)

 

  • Elsie Rosado

    Me perdonan si me consideran insensible, pero si tienen una casa con un poco de patio pueden sembrar para su sustento y complementar con lo que reciben del Pan y no hay escusa por sus condiciones de salud por que eso tambien le sirve de terapia para la depreción. Si esperamos que el gobierno nos resuelva todos los problemas, solo falta voluntad de hacer las cosas. Cuando no habia ninguna ayuda del gobierno la gente sobrevibio y hecho hacia adelante con lo poco que tenian.

  • Mi Familia

    Elsie Rosado ….Ignorante e Iletrada…Si no VA ayudar mejor reserve el comentario , el llamado es para ayudar , no para opinar para ESO use su pagina, de seguro no sabe lo q es pasar necesidad en la maldita Colonia….valde de jueyes donde con un doctorado hay q salir del pais para trabajar…..