
El año se cae, se cae… Se despeña sin nada ni nadie que lo detenga, pierde pie, se desboca, se va de cabeza por el risco de diciembre que avanza a encontrarlo. El año está borracho de tiempo. Un coctel embriagante de meses, semanas, días, horas, minutos y segundos le nubla la visión, le entumece piernas y brazos, le reseca la boca, le confunde el pensamiento. Pierde la memoria, no atisba el porvenir. El año se cae, se cae… y con él caen las hojas del calendario y de los árboles, los ojos que las vieron caen, las horas que se asoman a la esfera del reloj vestidas de números, los minutos que se escondieron para no ser contabilizados y sepultados, los segundos que no alcanzaron para un suspiro nostálgico o un jadeo amoroso.




