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Entre dioses del Olimpo Javier Culson

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La escena era para quebrarse. En el suelo, sobre la pista del Estadio Olímpico de Londres, Javier Culson creyó que el mundo se le cayó encima. Como si tuviera una sensación de desamparo.

Entonces David Greene, quien llegó justamente detrás, tuvo que recordarle que ganó Medalla de Bronce.

El playero de cuerpo huesudo recién desbarataba el embrujo. Solo los boxeadores, a fuerza de golpes, habían traído preseas. Nunca un puertorriqueño se había metido entre los mejores tres del atletismo olímpico. Nunca es nunca.

Y 16 años habían pasado desde que un nativo había subido al podio olímpico. Esas circunstancias calibran el logro.

Aún así, Culson agonizaba en el piso: Javier no se había planteado la posibilidad de un tercer puesto en los 400 metros con obstáculos.

“Me siento desilusionado, no esperaba esta medalla de bronce”, se excusó Culson ante los periodistas.

Cualquier medalla olímpica tiene valor, pero el relámpago ponceño quería la que más brillaba. Era un asunto personal. Y en un evento que no admite errores ni distracciones, Javier había decidido jugárselas todas sin pensar que un golpe a una valla o una mirada soslayada a un rival pueden condenar. Y con semejante presión había ido de misión al Reino Unido.

“Sé que hice historia, pero yo estaba buscando la medalla de oro”, descargó.

Fue una final que tuvo a todos de pie. Imposible estar sentados. Los nervios son traicioneros y esos finales complicados casi matan.

Y fue tan difícil como lo previsto, porque en la nómina de la carrera estaban los grandes: el doble campeón olímpico Angelo Taylor; el monarca de Atenas 2004, Félix Sánchez; el dos veces triun-fador del Mundial, Kerron Clement; y para pánico, el actual campeón mundial David Greene. O sea, la vuelta al óvalo no tan solo exigía técnica, sino también carácter.

Sánchez, incluso, venía de registrar la mejor marca del año en las semifinales olímpicas el sábado con 47.76 segundos, mientras que Greene estaba braveando en su propia tierra, lo que le sumaba más peligrosidad.

La posibilidad del oro era real, alcanzable, pero no se podía dar por sentado. Era un deseo personal de Javier y un capricho colectivo. El país había escrito un guión, pero el destino escogió un final distinto.

Aunque el vallista ponceño llegó al frente a la recta final, el golpecito a la valla siete lo sacó de paso, como lo haría una nota discordante del tenor Plácido Domingo en medio de una ópera en el Teatro Di San Carlo en Nápoles o un toque a la tecla equivocada del maestro Papo Lucca en el Centro de Bellas Artes en Santurce.

Es una fatalidad que no se puede disimular. Y volver a retomar el swing puede ser fácil en un número musical. Sin embargo, es casi un acto heroico en una carrera que exige tanta coordinación y concentración en tan poco tiempo.

“No me esperaba ese cantazo en la valla. Rápidamente reaccioné para caer en ritmo y volver a rematar, pero fue difícil”, relató.

Mientras, en un acto supremo de reinvención, el dominicano Sánchez, de 34 años de edad, se armó de oro con la mejor marca del año, 47.63 segundos, mientras el estadounidense Michael Tinsley ganó la plata con 47.91.

Esos últimos metros fueron un calvario, pero cuando Culson pasó la raya de la meta, se aflojó la hipertensión colectiva. El reloj marcaba las 3:46 de la tarde y el cronómetro se detuvo en 48.10.

Fueron 14 centésimas menos que su escolta, el británico David “Dai” Greene, un coloso que puso en las nubes la presión arterial de un pueblo entero.

Se demostró, sin importar la edad o condición física, que para cualquier puertorriqueño es posible aguantar la respiración por casi 49 segundos.

Minutos luego, trepado en el podio y junto a la realeza deportiva mundial, estaba el morenito de La Playa de Ponce. Allí, ya calmado de su pesar, el flacucho tenía al cuello un premio que jamás soñó mientras caminaba en su niñez por las saladas calles de su vecindario.

En ese instante, entretanto, acabó con el misericordioso lema que, para calmar la impotencia y esconder las carencias, tanto se ha repetido en el país: “lo importante es competir”.

Atrás quedó eso. Con sus piernas de bronce, el relámpago ponceño convirtió las Olimpiadas en un asunto más serio.

“No logré el oro, pero conseguí una medalla de bronce”, puntualizó en la conferencia post carrera.

Y ese bronce vale más de lo que aparenta. Es una vacuna contra el pesimismo endémico que arropa a la nación; un estrujón a la jerarquía deportiva del país para que caiga en cuenta que hay vida más allá del basquetbol.

Asimismo, un mensaje capital a los demagogos políticos que por un lado acarician los atletas y por otro los desprecian con sus acciones; una esperanza a la generación que se levanta, a quienes ha marcado el camino.

Cuando pase el tiempo y el telón haya bajado, Javier estará en la eternidad deportiva. ¿Por qué?

El lunes 6 de agosto Javier Culson le entregó al país mucho más que una medalla de bronce: esa tarde también le entregó el corazón.

No se le puede pedir más.

8 de agosto de 2012

 

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