La Perla del Sur

Ponce, Puerto Rico
Sábado
20
Septiembre
2014

Actualizado a las 01:53 AM

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Saluda a lo lejos una abuela orgullosa

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Mientras el pasado viernes adrenalina y euforia se apoderaban de las 80 mil almas aglomeradas en el Estadio Olímpico de Londres, las calles de La Playa de Ponce emulaban una ciudad fantasma.

Ausente estaba el bullicio en la Avenida Padre Noel, vacíos estaban los bancos en la Plaza 65 de Infantería y cerradas las puertas de la mayoría de los comercios de la zona.

La razón para semejante misterio, sin embargo, tenía que ver con uno de los hijos más queridos de esta centenaria comunidad ponceña.

Al igual que en otros tantos rincones y hogares alrededor de la Isla, en La Playa casi todas las personas estaban plantadas frente a sus televisores, hechizados por la espectacular ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos 2012.

Claro está, en espera de la delegación puertorriqueña. La número 150 entre más de 200 naciones.

Y a juzgar por los rostros captados, nadie estaba más feliz que doña Emilia.

Sentada un su silla reclinable y rodeada de sus hijas Sonia y Carmen Pérez Collado, Emilia Collado Rodríguez de 82 años de edad saludaba sin discriminación a todos los atletas que desfilaban por el monitor de su televisor.

¿La razón? No quería fallar, ya que en cualquier momento caminaría sobre la pista su amado nieto. El celebrado vallista ponceño y máxima esperanza boricua para una medalla olímpica, Javier Culson Pérez.

“Él es un nene bien bueno y humilde. Sigue siendo sencillo y para él todo es risa”, aseguró doña Emilia, para quien Javier es mucho más que un atleta de calibre mundial.

“Ese es mi nieto. ¿Qué abuelita no estaría orgullosa?”

Emoción a flor de piel

Además, como bien recordó, cuando ella nació Puerto Rico ni siquiera podía participar en los Juegos Olímpicos.

Ahora, en cambio, es su nieto, sangre de su sangre, quien enarbolaba la monoestrellada durante la más importante gesta deportiva del mundo.

“La madurez con la que ha bregado con todo esto nos hace sentir bien orgullosas. No es fácil bregar con todo lo que él tiene que bregar”, dijo Sonia Pérez Collado, tía materna de Culson.

“Tú nos ves tranquilas, pero estamos bien ansiosas y con los nervios de punta”, confesó. “La gente espera tanto de él y sabemos como él quiere traer esa medalla”.

La intranquilidad, empero, ni siquiera asomaba en el pecho o la voz de la abuela. En su lugar, una elocuente sonrisa de seguridad y tranquilidad afloraba cada vez que hablaba de él.

Máxime, cuando elevaba la mirada a la pared de la sala donde cuelga un marco con la portada de un periódico, donde aparece su nieto y un mensaje escrito a mano que lee “Para abuela… Te amo”.

Pero que nadie se deje engañar. Según aclara su hija Sonia desde el hogar en Parcelas Amalia Marín, “cuando él va a correr, ella se pega al televisor y no deja ver a uno”.

“Ella siempre es alegre, pero cuando sale el nieto, olvídate. Cuando va a salir algo de Javier en las noticias, ella es la primera en sentarse a verlo”.

Incluso, y sin encomendarse a nadie, hasta le lanza besos a la pantalla.

El familiar de todos

Semejante magia y encanto también ha contagiado a otros.

Como relató ‘Titi Carmen’ desde el acogedor hogar de doña Emilia, incluso “un nene se me acercó para preguntarme si yo era la tía de Javier. Me dijo que él lo motivó a correr vallas y que estaba practicando”.

“Eso a mí me dio una cosa en el corazón”, continuó emocionada. “Escuchar de un niño que mi sobrino lo inspiró me hizo sentir un orgullo que no te puedo se explicar”.

Espera que desespera

Pero de todas las emociones contenidas, no es si Culson triunfará o no sobre la pista la que más pesa sobre los hombros de estas dos tías.

Según admitieron a La Perla del Sur, son los recientes meses de ausencia prolongada por compromisos en el exterior los que por momentos se vuelven agobiantes.

Aún así, consuelan su mente y espíritu al constatar que Javier está concretando su más preciado anhelo deportivo, las olimpiadas, y que con ellas viene la esperanza de que pronto estará de regreso en casa, para un extendido y merecido descanso.

“No nos podemos comunicar mucho con él porque sabemos que está bien ocupado, pero nos mantenemos en comunicación con Judith (madre de Javier) y ella nos mantiene al tanto”, dijo Sonia.

“Hay tantas cosas que quisiera decirle”, continuó, mientras sus ojos se tornaban brillosos. “Que lo coja suave y que no se me vaya a golpear. Es lo más que uno pide. Le diría que ore mucho y que lo entregue todo a Dios, quien es el que todo lo puede y yo sé que Él lo va a ayudar”.

Aun así, la tarde no era para nostalgia o lamentos.

“Esto está bien y más”, interrumpió pícara la abuela. “Yo estoy bien orgullosa, bien contenta. Le pido a Dios que me lo ilumine y me lo acompañe para que siempre esté bien”.

Y dichas estas palabras, volvió a acomodarse en su sillón con la espléndida sonrisa que solo abuelas felices pueden proyectar.

Además, no había tiempo que perder. De un momento a otro desfilaría su nieto y doña Emilia lo quería saludar.

 

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