El imperio del ermitaño del malecón de Guánica

Paíto lleva casi una década viviendo en condiciones infrahumanas y no pierde la fe de conseguir un techo seguro

Fotos: Daileen Joan Rodríguez

GUÁNICA – Empezó durmiendo sobre un colchón a la intemperie, junto a los mangles de la playa que ubican cerca del Malecón de Guánica. Hace once años, José Luis Meléndez Redondo quedó sin techo, cuando murió su mamá, a quien cuidaba por la enfermedad de Alzheimer.

Un pescador del área le regaló una caseta para guarecerse, la que mudó a terrenos más adentrados en la playa, atravesando un camino de arena y arboledas entre chatarra, botellas y cochambre.

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En su llamado “imperio”, en medio de la nada, el hombre de 59 años asegura que nada lo agobia. Vive del aire fresco, en compañía de sus perros, gatos, gallos y gallinas… y las aves e iguanas trepadoras que lo vigilan silentes desde los árboles, mientras descansa en su hamaca al aire libre y frente al mar de la bahía.

Aunque la jauría de compañía solía ser más grande -luego que varios de sus perros murieran a consecuencia del veneno de ratas que algún vecino tiró- le quedan las perras Ismaela, Jessica, La Negra y Blanca Rosa Gil. El regalón y único macho de sus mascotas caninas se llama Chocolate, quien juega regodeándose sobre la mesa para alcanzar el plato.

Paíto, como se hace llamar este ermitaño, cocina con leña para él y sus perros. Su especialidad es el arroz con jueyes, dice, mostrando el fogón donde lo cocina y el caldero con sobras de la última vez.

Dentro de la casucha de tablas en madera, entre unos escasos siete pies cuadrados aproximadamente, yace una cama entre tereques y pollitos que escarban las sábanas. Su cama, al parecer es muy concurrida por la fauna del entorno.

Recuerda que un verano, cuando dormía como un lirón dentro de la casucha, del mar le pareció haber salido un enorme juey, que alcanzó subir hasta la cama y se le posó sobre el vientre. “Yo dormía sin camisa y siento algo… Yo creí que eran los gatos que duermen conmigo y digo –bebé… – y empiezo a tocar. Cuando prendo el flashlight y veo, ¡era un juey enorme!

Mientras hace un inventario de sus posesiones, contabiliza sus libros, cañas de pescar, la bicicleta, el teléfono celular (que le dio el Gobierno), una neverita y hasta un trimmer. En un tendedero cuelgan sus ropas entre los arboles. “Yo tengo de todo aquí”, sostiene, mostrando a su vez un pequeño altar que le ha levantado a la Virgen, al costado de la puerta y marcado con un crucifijo que reafirma su fe cristiana.

“El alcalde dice que yo vivo como un millonario, porque lo que tengo aquí… (mira a su alrededor y suspira). Me siento feliz”, acota.

Empero, alimenta su esperanza de recibir un techo seguro, en uno de los residenciales Jardines de Guánica, o Luis Muñoz Rivera, a través del Programa de Integridad de Residentes. De hecho, mostró documentos en los que apunta que tiene hasta el 9 de febrero de este año para radicar su solicitud.

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Gabriel Arce Muñíz, conoce a Paíto hace algunos 12 años. “Yo y el abuelo mío a veces veníamos a buscar jueyes para hacer un fricasé con guineo. Siempre me doy la vuelta. El no es una persona agresiva, al contrario, es bien servicial”, expresa el joven de 18 años, en ánimo de levantarle buenas referencias. “Siempre le traigo cositas, provisiones, potería de comida”, añade el joven, con quien Paíto comparte los jueyes para la tarde.

Gabriel confirma que cuando la madre de su amigo murió, él quedó en la calle.

“Yo cuidé mucho a mi mamá”, afirma el ermitaño. “Ella murió de Alzheimer. Abandoné mi trabajo por ella”, narra, recordando los 18 años que cuidó de ella, tiempo en el que aparentemente la relación con sus demás hermanos agravó hasta el punto de quedar solo.

Según cuenta, en una ocasión llegó a pedir comida a vecinos para darle de comer a su progenitora  porque no tenía con qué sustentarse. Después de su muerte, Paíto pasó de vivir sobre un mattress entre los mangles y mosquitos, a una caseta. “Después vinieron unos muchachos y le hicieron esa casita, y ahí vive desde entonces”, afirma su amigo Gabriel.

Ahora el hombre tramita para poder recibir el Seguro Social, tras 40 años de servicios en diferentes empresas, desde fincas de ganado hasta en construcción.

La Perla del Sur intentó una reacción del alcalde Santos Seda, pero no contestó ni devolvió llamada. Mientras, Roxana González, una funcionaria  de la Administración de Vivienda Pública en el área de Ponce, dijo que el caso de Meléndez no aparece en su registro, y se mostró interesada en contactar al hombre para evaluar su necesidad.

  • J Ru

    Dios lo bendiga porque es un ser humano. Pero investiguen bien con su familia el pq esta allí… Además tengo entendido k el mismo no quiere salir de allí le han ofrecido apartamento y se niega. Esta acostumbrado a que personas como yo le den y le regalen cosas. Di lo k no tenía pq me toco el corazón pero cuando me senté hablar con el me arrepentí pq el mismo se enreda en sus mentiras.