“Para salvar el país vamos a tener que salvar a Ponce primero”

Fue el León Mayor quien advirtió: “No seas turista en tu pueblo”.

Lo que quiso decir Rafael “Churumba” Cordero fue que no podíamos pasearnos a observar la ciudad como si fuera de otros. Con esa filosofía unió a los ponceños para salvar a Ponce de una de sus peores depresiones.

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Otra vez Ponce sufre de una gran depresión. El núcleo urbano que se hizo a mano hace cuatro siglos como un proyecto de solidaridad ciudadana -y se convirtió en el ejemplo de ciudad del país- está en apuros.

Ha perdido su lustre de comarca social y comercial del sur. De día la transitan con el ceño fruncido los que trabajan en ella y regresan a los suburbios o los pueblos aledaños a dormir para regresar a la mañana siguiente con el mismo mal humor. De noche se muere.

Estamos angustiados o molestos y se nos nota. El lamento y la repartición de culpas se aprecia en la punta de la lengua y los hombros bajos.

Quien único puede volver a salvar a Ponce son los ponceños.

De San Juan, de Mayagüez, de Nueva York o de Europa, no van a venir a salvarlo.

Los visitantes gustan de ciudades vibrantes, no de ciudades deprimentes. No van a venir a ver cómo cargamos nuestra nostalgia por el Ponce que teníamos.

Puerto Rico en pleno está decaído y descompensado. Que se aúpe va a depender de quienes metan el pecho para levantar su esquina de país.

No podemos contar con una prosperidad instantánea para celebrarla. Nos vamos a tener que levantar el ánimo con lo que tenemos.

Ponce sabe cómo hacer eso porque tiene uno de los espíritus más recios y emprendedores del país. Para salvar el país vamos a tener que salvar a Ponce primero. Es lo que nos toca.

Y quien único puede volver a salvar a Ponce son los ponceños.

“No seas turista en tu pueblo”. No te pasees por la ciudad mirando a ver cómo le va. No la contemples, vívela. Almuerza en las fondas de tu ciudad. ¿Con qué chavos? Con los mismos con que vas a las cadenas de comida rápida.

Antes de irte a tu casa por la tarde, detente en cualquier lugar a tomarte una cerveza o un café. ¿Con qué chavos? Con los mismos con que te detienes a comprarte una cerveza en el garaje donde echas gasolina para salir de la ciudad.

Cena en los restaurantes de tu ciudad. ¿Con qué chavos? Con los mismos con que vas a los malls y te ufanas en pagar los precios de las cadenas extranjeras por comida menos nutritiva.

Muchos ponceños emigran a San Juan a divertirse. No los criticamos, nosotras también lo hacemos. La diferencia es que por cada escapada a San Juan, nos damos una en Ponce. Todas las semanas cenamos y bebemos en uno de los establecimientos de nuestros colegas en solidaridad empresarial.

Los ponceños tienen que volver a asumir la ciudad como suya: frecuentarla y patrocinarla antes de salir de ella a patrocinar otra.

Muchos tienen miedo a los que advierten guerras callejeras. A los que lo hacen hay que contestarle en las mismas redes sociales donde se anuncian que se lleven sus pleitos a otra parte. Que Ponce también es de ellos y no lo pueden destruir como ciudad.

Llenar las calles es la única manera de detener esa práctica. ¿O es que no recuerdan aquellas películas del oeste norteamericano en que los duelos se daban en pueblos desiertos donde las ramas secas de los árboles las arrastraba el viento por calles solitarias? Si vaciamos a Ponce, va a ser uno de esos pueblos.

Quien único puede volver a salvar a Ponce son los ponceños.

Si no lo hacemos, los paseos de turista en tu pueblo serán de pura añoranza en el que le dirás a tus hijos: en esta esquina estaba tal negocio, allí había una barrita que tenía las cervezas más frías, allá hacían los mejores hamburgers hechos en casa y ahora los hacen en San Juan, antes encontrábamos de todo en el Paseo Atocha. Aquí mismo había una farmacia.

Los comerciantes que quedan en Ponce están echando el resto. Con ofertas, precios asequibles, entretenimiento. Resistiendo hasta lo indecible para no tener una ciudad fantasma. No los dejes solos.

Saca ese orgullo ponceño y móntalo en tu ciudad. Come, bebe, canta y baila en Ponce para que vengan a comer, beber, cantar y bailar a Ponce con nosotros.

Es la única manera de salvar a Ponce. Que lo hagan los ponceños. Y que vengan del resto del país otra vez a preguntarnos cómo lo hicimos.

(Las autoras son periodistas y socias de La Tía Lupe Social Club en la calle Isabel de Ponce)