Enfrentan hambre y necesidad a solas en el barrio Tibes de Ponce

“Vivir en la necesidad y el desamparo se ha vuelto la norma aquí. Ellos no te lo van a decir, pero están pasando hambre”, destacó el profesor y líder comunitario Ernie Rivera Collazo.

Foto: Jason Rodríguez Grafal

PONCE- Desde la oscuridad que aún impera en sus humildes viviendas, residentes del barrio Tibes de Ponce pueden ver a lo lejos los destellos que ya iluminan gran parte de la zona urbana, donde la recuperación avanza a paso acelerado tras el paso del huracán María.

“Allá abajo en la ciudad” ya abren muchos comercios, numerosas viviendas permanecen intactas y con servicio de agua potable, mientras la Policía brinda seguridad en bancos e intersecciones congestionadas.

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Para muchos en esa urbe, la mayor frustración a tres semanas del huracán es hallar señal de Internet en sus teléfonos móviles.

Pero en Tibes, a pocas millas del centro urbano, en la montaña de la principal ciudad de la zona sur, más de 300 familias sufren en silencio una realidad muy distinta.

Justo este martes, mientras en radio se escuchaba al gobernador Ricardo Rosselló Nevares asegurando que la recuperación “va por el camino correcto”, vecinos del sector Pandura hablaban de su carencia extrema y la ausencia casi absoluta de ayudas, en la sala de una vivienda que parcialmente había perdido su techo.

Aquí las brigadas municipales para limpieza de carreteras y el recogido de escombros no han llegaron. En su lugar, un batallón de casi 20 vecinos de Pandura y otros sectores de Tibes tomó machete en mano para abrir caminos.

“Estas personas están en el desamparo total… El desamparo total”, sentenció el líder comunitario Ernie Rivera Collazo, quien voluntariamente ha asumido la tarea de canalizar apoyo para los residentes de Tibes.

“El Municipio no llega acá. El único contacto que hay es que traen una caja de agua, se tiran cinco fotos y lo siguen. Eso es lo único”, continuó.

A diferencia del área urbana, en Tibes es común ver casas de madera sin techo y escombros por doquier, incluso, a tres semanas del evento atmosférico. En el sector Pastillo, 60 de las 124 familias perdieron todo.

En el sector Pandura, además, la comunidad no lleva tres semanas sin agua. Lleva más de un año.

Por eso, para ellos bañarse en el río o lavar la ropa entre sus piedras no es una novedad ocasionada por el huracán. Ya es parte de su lucha cotidiana.

“No es que aquí no hay agua ahora, es que aquí no hay agua nunca. Se supone que el agua venga del sector Pastillo y baje por gravedad del pozo, pero la cantidad de agua no da o a veces no la sueltan”, explicó Rivera Collazo.

“Ellos dependen de buscar agua o cuando baje, poder coger un poco. Dependen de que venga un camión del Municipio que nunca viene”, puntualizó.

“Uno trata de ser optimista, pero no es fácil”, dijo por su parte Ismael Díaz Figueroa, de 46 años de edad y residente del sector. “Lo peor es la incertidumbre, porque no se ve nada de las agencias o el gobierno”.

Díaz Figueroa, quien sobrevive con menos de $200 al mes que recibe del programa de Asistencia Nutricional (PAN), es ejemplo vivo de la pobreza que se respira y se siente en el lugar.

Aunque padece de hipertensión, problemas con su tiroides, asma y apnea del sueño, entre otras condiciones crónicas, Ismael ha asumido el cuido absoluto de su madre, quien padece de una condición mental, en un hogar que perdió parte de su techo.

“Están pasando hambre y no lo saben”

Pero más allá de las privaciones por la carencia de agua y electricidad, así como de ayudas municipales, estatales o federales, numerosos residentes en Pandura ya experimentan un mal que avanza de forma silente, aun en los principales municipios de la isla: el hambre.

“Ayer en un relajito ahí al frente, ellos mismos se estaban vacilando que habían comido solamente una latita de sardinas con cuatro galletas. Al final del relajo les pregunté: ¿ustedes no se dan cuenta que están pasando hambre?”, relató consternado Rivera Collazo.

“Ellos están aquí jodíos y escuchan al gobernador decir que todo está bien y se lo creen”, añadió. “Vivir en la necesidad y el desamparo se ha vuelto la norma aquí. Ellos no te lo van a decir, pero están pasando hambre”.

En casa de Mamá Ana

El dolor indescriptible que provoca la desolación e indiferencia se hace más patente a medida que se avanza hacia la montaña y aparecen entre escombros las viviendas de los más antiguos residentes de Tibes, personas de edad avanzada que ya no tienen la facilidad ni las fuerzas para salir a buscar lo que el gobierno no ha provisto.

Una de ellas es doña Ana Vélez de Jesús, conocida por todos en el barrio como Mamá Ana, quien a sus 80 años de edad ha vivido una larga existencia de trabajo y sacrificio, para encaminar a diez hijos tras enviudar a sus 33 años.

Mamá Ana pasó el huracán en casa de Tito Gracia, exapoderado del equipo de los Leones de Ponce en el Softbol Superior, y tardó cinco días en regresar a su hogar, ya que la única vía a su vivienda fue obstruída por árboles tan venerables como ella y postes de electricidad.

“A veces me dice Ana y a veces me dice Mamá. Él vino como cinco veces y me dijo que esto iba a ser bien fuerte. Me dijo: ‘si no te vas, yo te llevo al hombro’”, recordó sobre su vecino y aliado.

Aunque la vida le ha enseñado a sobrevivir con poco y agradecer todo lo que tiene, ahora, con ojos llorosos, admite sentirse desamparada.

“He visto tormentas como Hugo, pero esto fue horroroso. Fue horrible”, confesó. “Pero aunque pase lo que pasó, estamos vivos. Papá Dios nos protegió”.

Esa suerte, empero, no alcanzó su humilde vivienda. Las ráfagas de María arrancaron muchos de los paneles de zinc que recubrían su techo y la copiosa lluvia terminó por arruinar, varias veces, desde muebles hasta libros, pertenencias y su piso de madera, ahora con más de un desnivel.

Y aunque Mamá Ana ha superado la adversidad toda su vida, ahora reconoce que no podrá sola: que necesita auxilio.

“Yo espero que llegue alguna ayuda. Esto ha sido muy difícil… muy difícil”, expresó.

Desorganización e incompetencia

A juicio de Rivera Collazo, casos como los ilustrados son ejemplo evidente de la ineptitud con la que el aparato gubernamental ha atendido la crisis desde el principio.

“La desorganización que hay al no estar preparados, ni el Gobierno Central ni el Municipal, para enfrentar una crisis en un país donde sabemos que esto puede pasar durante seis meses del año es lo que ha provocado esto que estás viendo”, dijo Rivera Collazo.

“Ves la incompetencia de la administración que tenemos cuando envían una brigada a limpiar el cruce estatal de la carretera PR-10 y Glenview, cuando aquí hay comunidades a las cuales aún no han llegado a remover árboles”, abundó.

“El camión de la basura no puede ir a El Collado porque hay un árbol que los vecinos no pueden tumbar y necesitan una brigada. No pueden ir a buscar la basura en Río Chiquito tampoco porque más abajo en la PR-504 hay una gran piedra que no se ha podido mover. Si ahí tienen que subir bomberos o una ambulancia, no podrán llegar”, resaltó. “Y yo sé por qué limpian. Es porque la gente los ve y con eso dicen que Ponce está limpio”.

Asimismo, Rivera Collazo atribuyó la ausencia del ayuntamiento en comunidades como Tibes al desconocimiento que sus funcionarios tienen de los barrios apartados del centro urbano.

“El Municipio lo que ha hecho es subir por las carreteras principales, pero no entran a los caminos secundarios”, planteó.

“Es triste, porque si tú no conoces a tu pueblo, haces lo que están haciendo. Te vas por la PR-505 repartiendo agua a las personas que veas de lado y lado, pero en Monte Llano nada más hay más de 12 caminos secundarios. Algunos de esos caminos tienen tres o cuatro kilómetros por ahí para arriba y vive un montón de gente”, dijo.

Otros responden

Para compensar esta deficiencia, líderes comunitarios de la zona se han activado y en coordinación con organizaciones no gubernamentales han salido a atender las necesidades más apremiantes de los damnificados.

“Ese mecanismo de utilizar los líderes comunitarios, que es quien conoce los problemas y las personas enfermas, no se utiliza”, denunció Rivera Collazo. “¿Por qué no han activado el protocolo de usar los líderes comunitarios? Porque no saben, no tienen esa noción organizativa de gobernanza”.

“El Municipio nunca se ha acercado a mí para pedirme algún tipo de ayuda. Cuando no había teléfono, yo decía al aire (WPAB Radio) que estoy en la Escuela Manuel González Pató de 8:00 a 12:00, para la gente del Municipio que quisiera llegar para canalizar y coordinar ayudas. Nadie del Municipio fue”, sostuvo.

¿Pero tú sabes quienes llegaron? Personas de otras comunidades. Tenemos que ayudarnos unos a otros, porque estamos solos”, sentenció.