Antonia y Evaristo: estrellas de una campesina historia de amor

Ella tenía 17 años y él 21, pero a esa edad sabían amar apasionadamente. Por eso, desde aquel momento gestaron lo que sería su más grande tesoro, su familia, y entregaron a cada uno de sus sueños el aliento necesario hasta hacerlos realidad.

Fotos archivo / Florentino Velázquez

Iniciaba el año 1935 cuando los enamorados Antonia Quiñones Román y Evaristo Román Martínez decidieron unir para siempre sus vidas.

Sin importar sus edades, la miseria que emanaba de la tierra ni la convulsa realidad política que vivía Puerto Rico, ambos decidieron caminar hacia su primer hogar, entre el verde, la neblina y las montañas de Adjuntas.

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Ella tenía 17 años y él 21, pero a esa edad sabían amar, amar apasionadamente. Por eso, desde aquel momento gestaron lo que sería su más grande tesoro, su familia, y entregaron a cada uno de sus sueños el aliento necesario hasta hacerlos realidad.

Así lo demostraron al hacer propio un pedazo de suelo en lo alto del sector Chorreras, un espacio oculto entre los bosques de los barrios Guaónico de Utuado y Tanamá de Adjuntas. Allí fue donde soltaron sus anclas y dieron vida a nueve hijos, con la savia de la tierra y la siembra de frutos menores como el café, aguacates, chinas, habichuelas y gandules.

“Pero nos dieron mucho más que eso”, subrayó Ada, la más joven de la prole Román Quiñones. “Nos dejaron muchos valores. Todo lo que somos, ellos nos lo enseñaron. El respeto y la unión familiar, la dedicación a la familia y el compromiso con la familia”.

Y ese esfuerzo no fue en vano. Ahora con 100 y 104 años de edad, respectivamente, Antonia y Evaristo respiran a plenitud, rodeados por el amor de sus hijos, sus 32 nietos, 60 biznietos y 26 tataranietos. Sobre todo, este miércoles, 10 de enero, cuando la pareja cumple 83 años de unión incorruptible.

Como de costumbre, la ocasión se celebrará en familia, pero ahora bajo el techo de su apartamento en la comunidad para personas de edad avanzada Villa Ponce, lugar donde los mimados “Toña y Varo” reciben a diario el cuidado y afecto de su descendencia: algo que tampoco es fortuito.

Según explicó Ada, “eso también lo aprendimos de ellos”.

“No nos exigieron a nosotros que los cuidáramos. Ellos tuvieron un gran compromiso con sus padres y fue ese ejemplo el que nos enseñó a nosotros”, puntualizó.

Sobre la salud de ambos, Ada aclaró que se mantiene en buen estado y que sus únicos padecimientos están estrechamente vinculados al deterioro acumulativo de “jóvenes centenarios” como Antonia y Evaristo.

Por ejemplo, ya no están físicamente activos como antes y pasan mucho más tiempo sentados en butacas.

Eso, sin embargo, no impide que luzcan una enorme sonrisa y desvelen sus ojos brillantes cada vez que alguien se les acerca para pedir “la bendición”.

Asimismo, el humor de Don Varo se resiste a cambiar con el paso de los años, como explicó Rafael, el sexto de sus hijos y más joven de los varones. “A cada rato sonríe, hace su chiste o se pone a cantar”, reconoció.

“Él siempre ha sido así. Rara vez se molestaba y cuando lo hacía, se olvidaba a los cinco minutos”, agregó.

Y en cuanto a la música, reconoce que es imposible apartarla de este núcleo, ya que en la cepa de ambos padres abundaban, tanto los músicos como los cantantes.

“Él tocaba cuatro, güiro, cantaba y le gustaba el ron de campo, las lágrimas de la montaña”, confesó Rafael mientras todos sonreían.

”Pero no lo preparaba. Se lo traían y él lo curaba”, aclaró de inmediato Ada.

Por eso, no era de extrañar que las Promesas de Reyes de Toña y Varo figuraran, año tras año, entre las más populares de todo el monte La Chorrera.

“Y hay que hacer la salvedad que para llegar a casa, había que subir hasta lo último”, anotó Rafael. “Mira si era alto, que parte estaba en Adjuntas y parte en Utuado. Después con caminitos angostos”.

“Para ambos la Navidad era algo muy especial. Se la disfrutaban”, añadió Ada.

“Les encantaba recibir parrandas y llegaban muchas. La típica parranda del campo. Y a mami le encantaba hacer pasteles, arroz con dulce. Para ella era lo más grande”.

“Pero su gran pasión era juntar a sus hijos en la casa”, continuó. “No le importaba levantarse a la hora que fuera para prender el fogón. Se lo disfrutaba. Era una bendición. Tenía que hacerlo, porque era para sus hijos”.

Al relato se sumaron muchas más anécdotas y recuerdos. Entraban y salían de la entrevista, mientras Evaristo dormía una siesta y Antonia nos contemplaba en silencio, sonriente.

No podía ser de otra forma. Después de tantos años de lucha y sacrificios para levantar a sus nueve hijos, el descanso y la contemplación del deber cumplido son, en demasía, merecidos.

Pero en la mirada de Antonia quedaba claro que seguía enamorada. Enamorada del intrépido joven que el 10 de enero de 1935 juró una promesa de amor eterno, y la cumplió.

Posiblemente, al estilo que también inspiró al jibarito Rafael Hernández cuando escribió el tema Ahora seremos felices. Por eso, es probable que incluso él le cantara:

 

“Será un refugio de amores,

será una casa ideal

y entre romances y flores,

formaremos nuestro hogar”.