Cuando el hambre y la necesidad se juntan…
Por Mildred Borgos Rivera
Especial para La Perla del Sur
No hay “break”. Aquí están las cosas como los paños de malva: “unos quita’os y otros puestos”.
¿Cómo? ¿Qué todavía no han caído en cuenta?
Bueno, debe ser porque aún no se han recuperado del “nocaut” propinado por el alza en la gasolina, la luz y el agua.
Y no es para menos, porque ahora resulta que los “colmillús” se “arreguindan” de estas alzas para subirnos los precios de todo: de los alimentos, de los productos de higiene (a ver, ¿qué tiene que ver el petróleo con el papel de inodoro?) y ¡hasta de los clavos!
¿Y qué hacemos entonces? Pues… ¡economizar!
Pero no se desepere. Como de costumbre, esta humilde servidora les tiene unas ideas que no serán el último relleno de papas de la fonda, pero al menos le ayudarán a salir a flote en lo que esto se arregla… ¡si es que este bendito país tiene arreglo!
Comenzaré por contarles que acabo de remodelar mi cocinita, bueno, “remodelar” no tanto, pues nos hubiera salido en un ojo de la cara… ¡y el riñón, el páncreas y la pituitaria!
Más bien, “le lavamos la cara” con un detallito aquí y otro más allá.
De todos modos, quedó tan chula que, de pronto, me entró un “filin” de cocinera (¡milagro, milagro!) y me propuse estrenarla con un menú especial. Por supuesto, mi favorito: una lasaña de tres quesos.
Así que le dije a mi flaco que fuéramos al súper para comprar los ingredientes… y no saben el “malrato” que pasé.
¡Por poco me convierto en viuda (la más codiciada, of course!). Les cuento.
Íbamos pasando por la góndola de las pastas (Hellooo? De las italianas, no las de los dientes) y mi flaco comenzó a sudar como beduino (el que se encarama en el camello, no el camello) cuando sostuvo entre sus manos, tiernas y temblorosas, unos paquetes “de marca” y luego otro de los “que en su casa los conocen”. Para ayudarlo, opté por el menos caro.
Pero su semblante languideció y su pulso empeoró cuando nos detuvimos frente a las neveras de los quesos.
Mi flaco se puso frío y jincho como hotdog genérico, los ojazos se le brotaron como pesca’o de frízer y el cuerpo se le entumeció como cabrito mal agarra’o cuando le vio el precio a un empaque de queso parmesano.
¡Imagínense! Tuve que volverlo en sí diciéndole que ya no quería lasaña.
Después de un profundo suspiro, recobró sus latidos y terminé estrenando mi cocina friendo bacalaítos (de cajita, ¡claro!) y unas alitas de pollo, más congelás que un pingüino.
Estoy segurísima de que muchos de ustedes han pasado por esta amarga experiencia, así que lo mejor será que engañemos la tripa cuando se nos antoje algo rico.
Por ejemplo, cuando su sofisticado paladar le grite “dame de comer”, opte por una caja de lasaña precocinada y rocíele por encima unas yerbitas y tomates picaditos (sin que la vean sus invitados).
Otra idea: si le sobró arroz blanco de ayer y el guisado de antesdeayer, mezcle los dos en un mismo caldero con un pote de habichuelas “marcadiablo” (por favor, enjuáguelas antes) y un sobrecito de sabor. Así tendrá un arroz “mampostea’o”, un poco amogolla’o, pero “gourmet”.
Última sugerencia: si quieren seguir economizando en las comidas, pero no tiene inspiración o no son lo suficiente audaces para inventar platos nuevos, recurran entonces a sus madres o abuelitas, las más sabias en el tema.
Y no porque fueron a una escuela culinaria ni a la universidad, sino porque el hambre y la necesidad de sus tiempos las dotaron con una “creatividad” digna de admirar. ¡Mis saludos a todas!
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