¿Quién dijo que yo odiaba a los hombres?
Por Mildred Borgos Rivera
Especial para La Perla del Sur
¡Oh Dios! …Nada más lejos de la verdad.
Quien opine y defienda esta tesis está confundido. Al contrario, si para mí los pobrecitos son más dignos de lástima que de odio.
Sólo tomen en cuenta que a ellos la sociedad les ha echado sobre sus espaldas un saco de deberes y responsabilidades, además de los ridículos mitos como ese de que “los hombres no lloran”, que provocaban que les diera el patatús y enviudáramos jóvenes.
¿Acaso eso no es suficiente razón para condolerse de ellos?
Y ¿qué les cuento? Un hombre muy ofendido la emprendió conmigo porque alegadamente lo único que escribo de ellos es acerca de lo malos que son.
En su alocución, incluso me acusa de fomentar la violencia cuando, por ejemplo, les aconsejo a sus chancludas mujeres que los reciban a escobazos cuando llegan tarde de madrugada y “más ajumao’s que el trapo de la plancha”.
Claro que mi reacción inicial fue echar chispas hasta por los orificios de la nariz, pero luego sentí mi corazón enchido (¿o hinchado?) de alegría, al comprobar dos cosas:
Uno: que los hombres son mis más fieles lectores, aunque les rechinen los dientes del coraje.
Dos: que ¡al fin los buenos están saliendo de sus escondites! Porque sépanlo chicas, los buenos son más, pero los malos hacen más ruido.
Así que para congraciarme con todos los ofendidos y para que se pongan “culecos” de la alegría los demás, hoy hablaré de “las malas”, de esas mujeres ingratas que se tropiezan con uno bueno y lo dejan echo un trapo, con la absurda idea de que todas “cojeamos de la misma pata”.
Tomemos por ejemplo esas que convencen a sus maridos de que están deprimidas porque no tienen las “cualidades” de Iris Chacón o Sonya Cortés y él, que es tan re-bueno, hipoteca hasta los calzoncillos para que a su “amorcito” la rellenen como morcilla y salga de la depresión.
¿Después qué? Pues… “si te vi, ni te conozco”, “Arrivederci, Roma” o “no me toques que me descinflas”.
Están también las malucas que hacen lo contrario: suspiran (o jadean) frente al plasma cuando ven a los galanes de la telenovela sin camisa, exhibiendo sus encantos metrosexuales y luego, con una mueca distorsionada en la boca, miran de reojo a su “bueno” que está en la butaca “espatarra’o” leyendo el periódico y le advierte que si sigue yendo los fines de semana a casa de la suegra a “jartarse” de cocido de patitas, de cuajito y mondongo, jamás se parecerá a Pedro Juan Figueroa, ni en sus mejores tiempos.
¿Entonces qué hace ese hombre taaann bueno?
Se matricula en un gimnasio, llega a la casa “esmolí’o” y con dolor en todos sus “siquitraques”… y ¿para qué?
Para que esa mala luego le salga con que no le gustan los hombres que están siempre “esmonllanga’os” y que de aquellito… nada.
¿Y qué de esas malas que llaman a los románticos “cursis”, a los que les regalan peluches o flores, “macetas” y a los que les escriben poemas, “lunáticos”?
No, si es lo que yo digo: habemos muchas buenas, pero las malas son más exigentes. ¿Complacidos?
A propósito de “buenos”, hay tres buenazos que me pidieron ser reinvindicados públicamente: Pedro, Arturo y William, y por supuesto, al bueno ofendido que me escribió. ¡Los aprecio!
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